domingo, 8 de febrero de 2015

¡Sábado, sabadete!


¡Uff! Noto que se me va el cacahuete,
pero es que hoy es... ¡Sábado, sabadete!
Y ya se sabe, ¡todas a por el paquete!

¡Joder! Hablo de montar como una jinete.
Empiezo a delirar como un viejete.
Iré a ponerme en los dedos un grillete.

Déjame recordarte que hoy es... ¡Sábado, sabadete!
*Guiño, guiño* ¡Afortunado el que la mete!
¡Y más si es por el ojete!

¡Oh mi Diosa! Estoy loca del coñete.
Mejor será irme a tomar por saquete,
allí donde no hay más que un mísero billete.

Por si no te has dado cuenta hoy es... ¡Siete!
¡Siete, mi número de la suerte y sábado, sabadete!
Veremos si consigo aunque sea un rollete,
de esos que te invitan a un sorbete,
y con los que te das un buen filete.

Menudo churrete,
que termino en un periquete,
cantando un soniquete,
en un más que desafinado falsete.

Taparé mi boca con un chupete,
me dirigiré a la ducha como un cohete,
y después me pondré algún colorete,
porque hoy salgo y es... ¡sábado, sabadete!

jueves, 29 de enero de 2015

Cafearse

Nada más levantarme de la cama, yo me cafeo. A la hora de la siesta, yo me cafeo.

miércoles, 28 de enero de 2015

A tomar por saco


Hay días que lo mejor que puedes hacer es mandar todo y a todos a tomar por saco.

jueves, 22 de enero de 2015

Los ratones presumidos

Érase una vez un par de ratones de la familia Logitech a los que se les estropeó el botón central. FIN.

No sé qué maldición gitana me han echado para que en menos de dos años, en los dos casos, el botón central del ratón deje de funcionar correctamente. ¿Será por la diatriba que dice que todo aquel producto electrónico se estropea una vez que se cumple su periodo de garantía? No sé muy bien si será por eso, sólo sé que en el caso de los dos ratones Logitech que tengo ni siquiera he llegado a la fecha dictaminada por el fabricante como fecha de “caducidad”.

La verdad es que la primera vez dije: “Ea, démosles a estos de Logitech una segunda oportunidad”. Pero es que esa segunda oportunidad no ha sido ni mucho menos mejor que la anterior. Y oye, puestos a jugar con mis dineros, tengo otras maneras más interesantes de invertirlos estúpidamente, como comprando unas empanadillas de patatas y beicon estando a dieta, o adquiriendo una camiseta que nunca me pondré porque me viene muy ajustada pero pienso que algún día me quedará de lujo… claro, el día que deje de comer empanadillas y adelgace. En fin… el ciclo sin fin. Puedo dejarme otros 10€ en cualquier cosa menos en un ratón de esa marca.

Así que me pregunto si seriáis tan amables de darme alternativas 3B (bueno, bonito y barato) de marcas de ratón con conexión USB. Y ya puestos si me decís qué características deben tener para que no me maten tanto en el puto CoD os lo agradeceré. Esperad, esta última parte no hace falta que la respondáis porque realmente sé que lo que necesito es un ratón con alta velocidad de dpi y eso no soluciona que mis 3 megas de Movistar sean insuficientes para disfrutar de una partida decente, y por decente me refiero a sin que me maten antes de yo poder ver ni siquiera al enemigo y después comprobar en la cámara de muerte que el enemigo ha tenido tiempo de divisarme, tomarse un café, leerse una novela, sacar el arma, apuntarme y disparar una sola bala para dejarme fuera de juego.

De momento seguiré peleando con este par de ratones negritos que, puestos a reírnos del mal humor que me producen, dejaré criando a ver si de dos malos me sale uno bueno, sino lo siguiente será que pasen a criar malvas.

¡Copulad malditos!

martes, 20 de enero de 2015

Se pierden

Si hay algo que me ha quedado claro hoy es que las púas de las guitarras se pierden. Sí, se pierden. Se ve que son como los calcetines desparejados o las horquillas del pelo. Se extravían y nunca aparecen. Son casos sin resolver, sucesos que proponer a Iker Jiménez para su programa.
Fotakah toh reshulona de las púas de mi shurmana

Estoy tan convencida de que las púas de las guitarras se pierden porque a falta de una opinión me han dado cuatro en menos de tres segundos. De cuatro personas diferentes. Una detrás de otra como mazazos sobre mi cabeza al más puro estilo Guaca Mole. 

Por si no sabéis a qué me refiero
La cuestión es que volvía del centro de hacer unas compras junto a mi hermana cuando mi sister se ha acordado de que no tenía púas. “Pero si tenías una bolsa llena”, le digo. “Sí, pero se me han perdido”, me contesta ella. “¿Cómo se te van a perder?”, le replico. “Se pierden”, me ataja. La cosa se queda de momento ahí, sin más ni menos. 

Entramos en la tienda de música Bosco de la calle Cádiz y un dependiente, un chico joven con look rockero, nos atiende. “Mira, querría unas púas blandas para una guitarra acústica. Cuando compré la guitarra aquí me las regalasteis. No sé la dureza, sé que eran grises”, relata mi hermana con soltura. Yo observo y disfruto del sonido de una guitarra eléctrica que llega del fondo de la tienda. El dependiente intenta hablar por encima de las notas musicales y adoctrina a mi hermana sobre las diferentes durezas de las púas. Mientras el chico saca las púas de una caja de plástico con diferentes compartimentos donde las tiene ordenadas, otro dependiente y otro cliente se colocan a nuestro lado en el mostrador. Es entonces cuando yo, la experta en música, hago aparición en escena. 

—No lo entiendo, ¿cómo se van a perder las púas? En algún lugar estarán, ¿no?

Y ¡atención!, lo siguiente ocurre en tres segundos, os lo juro.

—A mí se me pierden —dice mi hermana.

—Se pierden —suelta el dependiente que nos atiende.

—Inexplicablemente se pierden —lanza el otro dependiente.

—Y tanto que se pierden —corrobora el cliente.

Intentando escapar de los mazazos que me han ido cayendo uno tras otro sobre la cabeza, agacho la mirada y confirmo:

—OK, se pierden.

A todos se nos escapa una sonrisa de los labios, a ellos por experiencias compartidas, a mí por quedar como una gilipollas y recibir mi merecido.

Por muchas más púas que se te pierdan, hermana. Que la música siga llenándote el corazón y que la música que generas siga llegando a mis oídos.

¡Viva la música!

¡Vivan las guitarras!

¡DEP por las púas perdidas!

miércoles, 3 de diciembre de 2014

The One That I Want – El post

El único al que quiero

En cuanto me levanto de la cama aparece esa sensación. Da igual todo, tengo que conectar con él. Me atavío adecuadamente, agarro mi tabla de surf y me adentro en el mar. Ahora sí que soy feliz. En el agua me siento libre, nada importa, nada tira de mí. Me sumerjo, siento la presión del agua que me abraza, me energizo. Cientos de descargas eléctricas golpean mi espalda, esta soy yo, esta es mi vida.

Sentada en la tabla desvío la mirada hacia casa. Desde la terraza de la habitación el amor de mi vida me observa. Ya está listo para marcharse. Va vestido con uno de sus trajes azul grisáceos y una camisa blanca a medio abrochar. Está bello, imponente, deslumbrante. Sus claros iris azul cielo se están despidiendo. Necesito tocarle.

Con un impulso subo a la tabla y encaro la ola que se acerca. Sin mucho esfuerzo me pongo de pie y con mi gran equilibrio desafío a la ola de cinco metros en la que estoy montada. El viento azota con ferocidad mi cabello y mi cara queda perlada de agua salada. Zigzagueo surcando la ola sin desviar un ápice mis ojos de él. Su mirada es triste, algo no va bien. Me parece atisbar que en la mano mantiene un sobre. El misterio me carcome. 

Llego a la orilla y corro con mi tabla hacia la casa. Al llegar a la valla que separa el jardín de la playa le observo dejar algo sobre la mesa y dar media vuelta listo para marcharse. No le grito, sólo le suplico con la mirada que me espere. No lo hace.

Rodeo la valla y entro en la parcela de la casa a través del puente de madera. Ya en el jardín le busco en el interior del hogar. No me creo que se haya marchado sin despedirse, no es típico de él. Me quito el traje de neopreno y escucho una puerta cerrarse en el porche. Subo a la habitación en busca del albornoz, no quiero salir en ropa interior al exterior, me lo pongo y echo a correr hacia el ventanal. Ni siquiera llego a verle, el coche conducido por nuestro chófer se aleja por el camino de tierra.

No lo entiendo, no sé qué he hecho mal, qué puede estar pasando. Apoyo mi cabeza en el frío ventanal y acaricio el impasible vidrio con mi mano. 

Abajo se escuchan pasos y voces. Es mi hija con la cuidadora. La pequeña parece lista para ir al colegio. Una sonrisa se escapa de mis labios. La alegría de mis días pronuncia mi nombre. Desde la planta de abajo salta y me reclama. No puedo resistirme. Bajo y la abrazo. No puedo dejar de sonreír. Ella es la razón de mi existir. 

Mientras abrazo a mi hija me percato de la hoja que descansa sobre el florero de una mesita. En el folio doblado por la mitad reza el mensaje: “Desde el corazón debo ser sincero”. Es extraño. Es desconcertante. Es terrorífico. Con la niña delante no puedo darle mayor importancia, ella no merece preocuparse.

En la habitación me ayuda a arreglarme. Jugamos con el perfume. Sonreímos. Gritamos. Nos amamos. Me observa maquillarme sin pestañear. Me admira.

Nuestra hora llega. Ella se marcha al colegio y yo a mi sesión de fotos. No es el mejor día para sonreír, pero lo hago. Porque soy profesional, porque se lo debo a la gente que confía en mí, porque me lo debo a mí misma. 

Entre descansos no consigo encontrar el momento de leer la carta. No soy capaz. No quiero saber su contenido. Tengo miedo. Pero lo hago, porque soy fuerte, porque saco valor. El contenido de la carta me alcanza de manera sorprendente. Algo en mí se despierta. Ya nada importa. Solo él.

Tras una mirada de disculpa con el fotógrafo huyo. Huyo de la sesión, huyo de los miedos, me aferro a mí. Tengo que perseguirle, tengo que encontrarle. Conduzco con lágrimas en los ojos. Quiero llegar a tiempo, quiero no decepcionarle. Quiero recuperarle.

Sin mucho esfuerzo entro en el local donde sé que él se encuentra. Siendo quien soy no me cuesta conseguir mi propósito. En el interior del salón suena música en directo. Un violín. Una dulce voz. Desde la platea le detecto. Está en nuestro palco. 

Me planto frente a él. No hace falta nada más que una mirada para que me comprenda. Para que me perdone. Para que conectemos. Nos abrazamos. Nos besamos. Mi corazón está con él. Sólo le necesito a él.
¿Qué te iba a decir...? ¡Ah, sí! Oye, baby, ¿me miras a los ojos o qué?
Moraleja

Porque no somos Gisele Bündchen, porque no tenemos esa mansión, porque no conducimos ese coche, porque no vestimos esas ropas, porque no podemos permitirnos esos lujos. Pero hostias, sí podemos gastarnos más de cincuenta pavos en esa colonia que nos hará sentirnos así, que nos llevará al sueño idílico de vivir “esa” historia de amor. Venga, vamos, no me jodas. ¿En serio? ¿Tan gilipollas me crees?

Estoy cansada de estos anuncios, de la estrategia publicitaria que te vende que si te compras “eso que se anuncia” serás “como el/ la que sale en el anuncio”. ¿En esta vida sólo importa el estatus? ¿Tanto tienes, tanto vales? No. Me niego a ser así. Prefiero ser como soy, porque ¿acaso un perfume, un coche o una joya me van a cambiar? Pues no lo creo. No soy tan superficial.

La historia de más arriba está inspirada en la nueva publicidad de CHANEL N°5 que han titulado “The One That I Want - The Film”. Aquí os dejo el vídeo por si queréis verlo.



Cinematográficamente hablando me ha encantado el anuncio, me parece un corto bonito de ver, pero que nos vende la moto como en todas las películas románticas. “Ay pobre de mí, qué desgraciaica yo soy teniéndolo to, pero al final para casa me lo llevo y encima está bueno de morirse y tú no lo tienes, ja, ja, ja”. ¡Vete a la mierda, hombre! Que la vida real no es así, que esos hombres están escondidos en algún lado bien lejos de mí.

Si veis el vídeo la música os llegará bien adentro. Si no sois de las personas con buen oído os costará reconocer el tema. Pero, ¿si os digo que en la original él lleva tupé y ella un cardado, ambos vestidos de negro y cantan la canción en una feria? ¿Ya? ¿Os suena Grease?

¿Qué te pasa, cariño, te duelen las costillitas?
La versión de Lo-Fang de "You're The One That I Want" es estupenda y cuantas más veces la escuchas más te gusta.