—¿Quién es?
—Peque —articulé con
dulzura—, dile a papá que se ponga un segundo.
—Mmm —gimió dubitativo—,
espera mamá, ya le llamo.
Desde el auricular escuché
como mi pequeño corría hasta la cocina y le indicaba a su padre que yo
aguardaba al otro lado de la línea telefónica. Oí como con parsimonia mi marido
se acercaba hasta el teléfono, suspiraba molesto y…
—Dime cariño, tengo la cena
en el fuego —dijo sin ganas de hablar.
—Se han complicado las cosas
en la oficina y llegaré tarde. No me esperéis para cenar.
—Ya van tres esta semana
—espetó endureciendo el tono.
—Lo sé, lo sé —intenté
excusarme—, pero estamos en plena negociación, ya sabes cómo funciona esto.
—No, no lo sé —atajó
secamente—. Lo único que sé es cómo NO funciona ESTA familia.
—Cariño por favor... —susurré
aspirando a suavizar la conversación.
—Tus hijos comienzan a
preguntar dónde se mete su madre.
—Os prometo que mañana cenaré
con vosotros.
—Ya no me creo nada que salga
de tu boca cariño.
—Pues siento escuchar eso,
porque sabes que lo hago por nuestra familia, para que no os falte de nada
—saqué mi orgullo y se lo eché en cara.
—Nos faltas tú, ¿te parece poco?
—al final de la pregunta se le escapó un gemido.
—Dani por favor.
—Vuelve cuando te dé la gana
—pronunció casi insultándome—, pero acuérdate de poner el despertador a las
ocho. Te paso a tu hija, quiere hablar contigo.
—De acuerdo, buenas no…
El ruido de pasarse el
teléfono cortó mi despedida.
—Mamá, ¿sabes qué? —la
energía en la voz de mi niña se me clavó como un puñal en mitad del pecho.
—¿Qué? —pregunté con falsa
alegría.
—¡Me han nombrado capitana
del equipo! —chilló eufórica.
—¿En serio? —exclamé contenta
del éxito deportivo de mi hija.
—Sí, y correré el último
relevo mañana.
—¡Estupendo! ¡Enhorabuena!
—no recordaba que al día siguiente mi niña tenía competición.
—¿Vendrás a animar verdad
mamá?
—Por supuesto cosita, en
primera fila con la banderita de “¡A por ellas!”
—¡Genial! —y sin esperármelo
cambió de tema—. ¿Hoy tampoco vienes a cenar?
—No puedo, tengo que rellenar
unos formularios urgentes.
—Vale, te perdono. En esa
empresa saben que eres la mejor, ¿eh mamá? No te quieren soltar —se estaba
haciendo mayor, incluso era capaz de ironizar.
—Por supuesto cosita
—sonreí—. ¿Habéis recogido mi traje del tinte?
—Sí, fuimos después del
entrenamiento. Por cierto —farfulló bajando el volumen—, ha vuelto a maldecir a
tu jefa, ha deseado su muerte.
—Ya sabes que papá lo dice en
broma, le molesta que la señora López me dé tanto trabajo.
—Pero sus ojos mamá, dan
miedo, en serio —mostró temor—. Creo que se está volviendo a deprimir.
—No te preocupes por tu
padre, está bien, sólo que los hombres tienen necesidades y últimamente no las
cubre.
—Si puedo ayudar en algo… —se
ofreció.
—No, tú céntrate en tus
deberes y tu competición, de lo demás me encargo yo.
—Te quiero mamá.
—¡Eva, a cenar! —el grito de
Dani se filtró por el auricular.
—Me llaman para cenar. Hasta
mañana.
—Hasta mañana cosita.
Dejé lentamente el teléfono
en su lugar y me recosté en la silla suspirando. ¿Cómo salir? Y todavía peor, ¿cómo
entrar?
Recogí los documentos
debidamente cumplimentados y los introduje en la carpeta de color burdeos. Me
levanté y con la carpeta en la mano me observé en el espejo que colgaba en una
de las paredes del despacho. Quité el polvillo del rímel de mi párpado inferior
y me pase la lengua por los labios para hidratarlos.
Insegura de lo que podría
encontrarme en la sala de juntas, caminé disfrutando del movimiento sensual de
mis caderas, aquel contoneo que tan bien tenía aprendido y que tan buenos
resultados me daba. De hecho, era mi única arma de seducción junto a mi voz.
—Madre mía viene hacía aquí
—susurró Dani a su mejor amigo.
—¿Quién? —preguntó Luis.
—La “conquistadora” —ese era
mi mote de soltera.
—Ya te dije que le gustabas,
lleva mirándote toda la noche.
—Cállate.
Recuerdo cómo bajó la mirada
al suelo, como se sonrojó al pararme frente a él.
—Hola, me llamo Virginia.
¿Puedo invitarte a una copa?
—Me encantaría. Me llamo
Dani.
—Creo que acabo de enamorarme
Dani.
Aquella noche no le mentí, me
había enamorado de él, pero… ¿seguía estando enamorada?
Toqué a la puerta de mi jefa
con los nudillos y su ronca voz me permitió el acceso a la sala.
—Pasa Gina.
Sonreí al escuchar el nombre
por el que me había llamado y entré en el despacho. Si mi jefa había decidido
que dejaba de ser Virginia para pasar a ser Gina, no había vuelta atrás, no
había posibilidad de réplica o corrección, sería Gina para el resto de mi
tiempo en aquella infernal empresa.
Mi jefa se hallaba tumbada en
un chaiselong con un masajista oriental centrado en sobarle los pies. Isabel se
había remangado la falda hasta el límite de su decencia y se encontraba
literalmente despelotada en su parte superior del cuerpo.
—Siento que me encuentres así
—se disculpó tocándose las enormes pelotas, artificiales, que le colgaban del
pecho—, pero tampoco te vas a asustar, ¿a qué no? Me has visto en situaciones
más embarazosas.
—Intento borrarlas de mi
mente, pero cada día se suma una nueva —le comuniqué sonriendo.
—Eres demasiado correcta
Gina, no aprenderás nunca.
—Ya me ha enseñado demasiado
Isabel.
Mi jefa rió maléficamente. El
oriental se asustó de la maldad en la risa y detuvo su masaje al instante.
Isabel se reincorporó y acarició la barbilla del oriental susurrándole:
—Arigato gozaimasu, anata.
Matta ashita ne. Iko. (“Muchas gracias cariño. Nos vemos mañana. Vete.”)
No sé qué le dijo, pero el
oriental recogió sus enseres y salió de la sala dejándonos a solas. Isabel se
puso la camisa rosada tan característica en ella, se la abotonó y se la metió
por dentro de la falda de tubo que estiró hasta su correcta posición.
—¿Son los contratos? —señaló
con la cabeza los documentos que sostenía.
—Lo son —le confirmé
tendiéndoselos.
—Déjalos encima de la mesa,
nos vamos al Sallop —ordenó.
—No puedo —denegué la
invitación sabiendo que la lucha comenzaba justo en ese momento—, le he
prometido a Eva que hoy iría a casa a cenar, la han nombrado capitana del
equipo de natación y quería celebrarlo, además mañana tiene una competición.
—¡Venga ya Braganazas! Deja
de pensar en tu familia. ¡Vente! ¡Te lo mereces joder! —Isabel poseía un don,
el don de no aceptar un NO por respuesta.
—Lo siento Isabel, no voy a
ir, son tres noches seguidas sin aparecer por casa.
—Te van a echar de menos, ¿lo
sabes no? —dudaba que cuatro putos me echaran de menos.
—También me echan de menos
mis hijos.
—¿Prefieres estar diez
minutos con tus hijos, a que te coma el coño el morenazo?
Necesitaba salir de aquello,
ya no podía más. No era sano. Estaba machacando mis principios. ¿Qué había
pasado con los valores familiares? ¿Dónde quedaba la promesa de fidelidad a
Dani? ¿Cuándo había olvidado el compromiso en la educación de mis hijos? ¿Cómo
había perdido mi dignidad? Y lo más importante… ¿por qué?
—Lo siento, pero no voy a ir
más, no me siento bien haciendo esto.
—¿No te sientes bien
divirtiéndote? —me preguntó anonadada.
—No a costa de mi
tranquilidad mental. ¡No duermo desde hace semanas, tengo unos remordimientos
de conciencia tremendos!
—¡Gilicoñeces! Te vas a
arrepentir, pero… Ya sabes que cuando quieras volver a la mala vida sólo tienes
que decírmelo.
—No lo dudes Isabel.
La cara de pocas amigas de
Isabel no me iba a hacer cambiar de idea, no iba a ir a casa, pero tampoco iba
a ir al Sallop. Volví a mi despacho
relajada de sacarme el tema Isabel-siempre-quiere-salir-de-fiesta de la cabeza.
Ahora era totalmente dueña de una noche completa para aclarar hacia dónde
quería caminar.
Recogí mi bolso y la chaqueta
y bajé hasta el garaje para marcharme. La guarda jurado del parking me guiñó un
ojo, a ella todavía le quedaba una larga noche por delante, por suerte era
aficionada a la poesía y cuando se centraba en la escritura los lapsus de
tiempo eran de horas. En cuanto quisiera darse cuenta ya sería de día y haría
el cambio de turno. Le sonreí con complicidad y salí con mi coche a la
congestionada avenida.
Accioné la radio para tener
compañía mientras conducía dirección a las afueras de la ciudad.
—Estamos de enhorabuena —dijo
la periodista—, Lidia Ruiz, nuestra gimnasta más internacional acaba de
proclamarse campeona mundial en la categoría de suelo. Lidia está en racha, lo
gana todo, ¿cuál será su secreto? Vamos a preguntárselo. Lidia… ¿Qué comes por
las mañanas?
Cambié el dial, Lidia me caía
fatal, desde que ganara su primer europeo se creía el ídolo de masas de todas
las adolescentes del país. Por suerte Eva pasaba de la gimnasia.
—…lo que no entiendo es por
qué, ¿por qué? —la voz de la presidenta del Gobierno era fácilmente
reconocible—. Por qué se me acusa de malgastar fondos públicos en mi propio
beneficio por esa tontería. No estamos hablando de estancias en hoteles de 5
estrellas, ni de alta costura de Custo Barcelona, ni de joyas Tous, ¿qué
problema hay en que utilice compresas Evax y no unas de marca blanca?
Volví a cambiar de emisora,
las políticas cada día más idas de la olla, y ciertamente, que saliera a
relucir el nombre de mi hija oculto en una marca me tornó a imbuir en mi
comedura de tarro.
—¿En qué piensas cuando lees
en la prensa Jennifer Vera? —preguntó la locutora. Me encantaba ese programa de
entrevistas.
—En que van a hablar mal de
mí —ambas rieron—. Mi mala fama me persigue, es como una maldición.
—Eso te pasa por ser una
mujer triunfadora —dije sin reprimirme.
—¿Mala fama? —cuestionó la
periodista.
—Sí, ya sabes, una mujer que
domina su vida, que no se deja amedrentar por nadie, que disfruta del sexo, del
alcohol, de las drogas. Siempre he sido muy criticada por mi libertinaje, pero
no me importa, me gusta ser como soy.
Dani adoraba a Jennifer, le
parecía la tía más guapa del planeta y cada vez que la entrevistaban en los
programas del corazón se tragaba las cuatro horas de programa sin dejarme
disfrutar de la televisión. Apagué la radio enrabietada y me percaté de que
había llegado a la primera rotonda. Aminoré la marcha y me fijé en la carnaza
del arcén. Tenía hambre, pero no quería un plato casero, ni un entrante de alta
cocina, quería algo picante, algo suburbano.
Un chico de color me indicó
que parara el coche. Me aparté a un lado de la calzada y bajé la ventanilla. El
mozo llevaba unos shorts y unas zapatillas de deporte, pectoral demasiado
formado al descubierto, ojos penetrantemente oscuros.
—¿Hola guapa, quieres
compañía? Tengo buen material.
El chico se apartó a un lado
la tela de los calzoncillos y dejó que su inmenso aparato saliera disparado en
mi dirección. Di un pequeño salto hacia atrás en mi asiento, no me esperaba tal
tamaño en tan pequeña prenda de ropa.
—No, gracias, no la quiero
tan grande.
Arranqué de nuevo y continué
hasta la siguiente rotonda, en ella un rubio de mediana estatura realizaba
flexiones de brazos en el suelo. Desde una distancia prudente le lancé un par
de ráfagas de luz con las largas. Él entendió y se acercó.
—¿Me llamabas?
—¿Cuánto? —nunca había hecho
aquello. Isabel era quien hablaba, quien movía el cotarro.
—Veinte la comida de coño,
cincuenta el polvo con penetración.
—Entra —contesté con miedo.
Saqué la cartera y observé que sólo llevaba un billete de cincuenta—. ¿Tienes
cambio?
—No reina, no tengo cambio.
Pero —el chico metió la mano debajo de mi falda—, seguro que luego te animas.
Un malestar me recorrió el
estómago. Iba a ser la última y me iba a confesar.
—Te daré los cincuenta, pero
sólo quiero que me lo comas.
—¿A tu edad y andas
reservándote para alguien especial? —me apartó el pelo y me besó en el cuello.
—Cállate y chupa.
Al cerrar la puerta de casa
una oleada de culpabilidad me cruzó la cara. Todas las luces estaban apagadas.
No se oía ningún ruido. Dejé el bolso en el salón y me encerré en el baño. Me
desmaquillé y desnudé. Oriné y me metí en la ducha. Veinte minutos después
anduve en cueros hasta el dormitorio. Dani simulaba dormir acurrucado de lado.
Me colé entre las sábanas y le abracé empapándome de su olor: colonia,
aftershave, ¿pimiento?...
—Dani… —sabía que estaba
despierto, conocía al dedillo su respiración.
—No estoy de humor.
—Te he sido infiel —le dije
mientras le acariciaba el pecho.
—No soy estúpido, ya lo sabía
—Dani se dio la vuelta y clavó sus claros ojos en mis pupilas—. ¿Por qué?
—No lo sé —suspiré
arrepentida—. No lo busqué, simplemente me dejé arrastrar y lo hice.
—Intento complacerte, ¿acaso
no te atraigo?
—Claro que sí. No es por ti,
es por mí, no sé si sufro una crisis o…
—Sabía que no conseguiría
mantenerte interesada. Fui un idiota, una chica como tú, con tu carrera, tu
puesto, tu sueldo, tu historial amoroso… Sois todas iguales.
—Dani, por favor… Lo
necesitaba. Estoy bajo mucho estrés.
—¿Y yo no estoy estresado? No
tengo libertad, siempre encerrado en esta maldita casa, ya no viajamos, ni
salimos de fin de semana. No tengo tiempo que dedicarme a mí mismo. Cuando no estoy
limpiando, estoy comprando, o cocinando, o con la lavadora, o con la plancha…
Después están los niños, los estudios, las actividades extraescolares, la
pubertad… ¡No puedo con todo esto SOLO!
—¡Perdóname! He sido una
egoísta.
—Te crees que porque traes
dinero a casa puedes hacer con él y con tu vida lo que te da la gana, te
desentiendes de mí, de los niños, de la familia y me cargas la muerta, y encima
me ordenas que te perdone. ¿Pero estamos locas o qué?
—Lo siento, no sé qué decir.
—Pues no digas nada feminista
de mierda, pero que sepas una cosa, ¡yo también te he sido infiel!
La revelación de Dani me hizo
entrar en shock.
Segundos después sentí en mi
piel una mano que tiraba de mi brazo, poco a poco ese contacto se hizo más
real, abrí los ojos y frente a mí se encontraba mi hija Eva.
—¡Mamá, despierta! ¡Son las ocho
y media, vamos a llegar tarde a la competición!
Las sacudidas recibidas por
parte de mi hija me despejaron al instante.
—Tu padre tenía que poner el
despertador —dije moviendo la mano al lado vacío y frío de Dani.
—Mamá, papá te dejó,
¿recuerdas? —la mirada comprensiva de Eva activó mis neuronas.
—Madre mía cosita, perdona,
he vuelto a soñar con las…
—¿Rotondas? —cuestionó
preocupada acariciándome la mejilla.
—Sí.
—No te martirices más, papá prefería
el trabajo a su familia y cubriste necesidades maritales que él no se interesó
en complacer. ¡Venga, levanta, más que nunca te necesito!
Eva tiró de mi cuerpo
alzándome del colchón. En cuanto me mantuve en pie, mi cosita se puso a bailar
a mí alrededor y comenzó a cantar.
—¡A por ellas, oeee, a por
ellas, oaaa, a por ellas, oeee, a por ellas oe oaaaa!
AGRADECIMIENTOS: A Julián Pérez por la frase en Chino que al final no utilicé. A María G. Lahoz por la frase en Japonés. A Daniel Astorga por darme su opinión durante la escritura del relato.