“La tentación usa tacones”
un relato de María Cebrián.
Relato basado en la novela
“Rosa del Desierto” de Daniel Astorga
Mi nombre es
Carlos Sánchez, tengo 22 años y estoy en cuarto de Medicina. Pese a mi
incomprensible atractivo hacia las mujeres yo me considero un chico de lo menos
agraciado, soy bastante pálido, delgaducho, aunque fuerte, de pelo oscuro y
rebelde, de mirada amarronada y frente prominente. Mi astigmatismo me obliga a
usar gafas por lo que mi imagen de empollón no me la quita ni el Señor
Tenebroso. Soy el hombre más despistado del planeta, desordenado, adicto al
café, gafe continuo por mi pasión por el color amarillo, amante de la buena
comida, patoso hasta el aburrimiento, afable y bonachón, pero lo que más
resalto de mi personalidad es la responsabilidad.
Como buena persona responsable me gusta cuidar de lo que me gusta, aunque
suelo olvidarme de hacerlo a menudo. Ahora mismo ando compensando uno de esos
momentos de desvarío de atenciones hacia la mujer que me da calor cuando siento
frío. Victoria me observa desde el sofá de mi apartamento compartido cómo toco
al violín una de sus canciones favoritas Everywhere
de Michelle Branch. Vicky, como le gusta que le llamen los amigos, es una
romántica y verme deslizar los dedos por las tensas cuerdas del violín la
excita. Dentro de mí sé que no la merezco, es demasiado buena para mí. Mi
anterior exnovia, Lucía, me dejó tocadísimo tras la ruptura, pero en cuanto
Victoria se hizo cargo de mi lastimada alma, el oscuro y salvaje mundo del sexo
se ciñó sobre mí. Desde entonces la amo, la venero y la temo, porque sé que
algún día me dirá adiós para marcharse de la mano de algún Adonis con mejores
cualidades que las mías.
Al terminar la pieza poso el violín sobre su maleta y hago crujir los dedos
para desentumecer las articulaciones, después camino hacia ella con los brazos
extendidos al más puro estilo zombi emitiendo al compás sonidos guturales.
¡Cierto! No os he dicho que soy un friki de las películas de terror. Llego
hasta ella, flexiono las rodillas con rapidez y adopto una postura de karate,
la tiento con un movimiento de manos para ver si se abalanza sobre mí, pero al
contrario de mis expectativas se muerde el labio inferior y se recuesta en el
sofá arqueando sensualmente la espalda. La llamada animal incrementa el tamaño
del medio estorbo que tengo entre las piernas y me inquieto. Recupero la
postura erguida y con flexibilidad y potencia salto sobre ella sin hacerla
daño. ¡Ostras! No os he dicho que soy cinturón negro de Aikido y que soy fan de
las artes marciales. La respiración de Victoria se altera y gime entre sonrisas
mientras la beso en una de las clavículas. Sé que esa parte es muy erógena y
ella se estremece y encoge ante el placer que le producen mis labios. Es
preciosa y su acento andaluz eriza cada uno de los pelos que crecen desde mi
piel. Mientras acaricio las caderas de mi novia y bajo por entre su pecho en un
baile de besos ella introduce sus dedos entre mi alborotado pelo agarrándomelo
con fuerza. Grito ahogadamente por la perversión de los tirones y gruño con
fiereza. Me contengo porque tengo a un par de compañeros en sus respectivos
cuartos estudiando, estamos en época de exámenes y ambos son muy aplicados.
Luis anda seguramente jugando al World of
Warcraft, es más feliz matando dragones que follando con mujeres y
estudiando. En un principio Victoria se coló por él, es rubio y su mirada
felina de color azul la encandiló con poco. Por suerte él pasó de ella y de
rebote ella se fijó en mí. Mi otro compañero, Dani, es un literato hasta la
médula y anda inmerso en la escritura de su tercera novela (las dos anteriores
han sido un éxito en el círculo estudiantil) y es de los que cuando empiezan
por el “Érase una vez…” no dejan de escribir hasta el “Fin”. A mí me viene de
puta madre vivir con dos frikis bohemios como ellos porque tengo total libertad
en el salón y es mi estancia favorita para disfrutar de Victoria.
Mi chica acaricia mi miembro por encima de los pantalones sonriendo y
cucando eróticamente los ojos. Sabe hacer muy bien su trabajo de calentamiento
corporal. Me tiro sobre ella para violar su boca con mi lengua, hace casi una
semana desde la última vez que nos vimos (cuando peleamos) y volverla a tener
tan cerca me colma de sensaciones positivas.
A nuestras
espaldas se escucha una puerta que se abre, por la dirección supongo que es la
de Dani. Se oyen unos pasos, la taza del váter que se levanta, un líquido que
cae sobre otro líquido, un gemido de placer de Dani, la taza del váter que se
baja, la cadena de la cisterna, unos pasos y una puerta que se cierra. Durante
el proceso nos quedamos inmóviles, Dani es muy sensiblón, hace un par de
semanas que rompió con la novia y vernos juntos en actitud amorosa sabemos le
dolerá. Victoria suspira excitada por los nervios al “nos van a pillar”. La
beso rápidamente en los labios acariciándole las mejillas sonrosadas.
—¡Como me vuerva’ hacé lo de la zemana pazá, te dejo Ca’lo’! —me amenaza.
—No volverá a pasar princesa, siento mucho mi comportamiento pueril.
—Ziempre la mi’ma historia.
—Confía en mí, fue un lapsus.
Victoria estudia Derecho y es muy autoritaria, quiere ser jueza y la creo
muy capacitada para desarrollar ese papel. ¡Señor Tenebroso su acento! ¿Por qué
tiene que ser tan erótico? ¡Carambitas y carambolas! Tengo la varita mágica a
punto de soltar chispitas por la punta.
El teléfono móvil de Victoria comienza a sonar. Ella me echa a un lado y se
levanta como un resorte del sofá. Como una ladrona de guante negro rebusca en
su bolso sacando casi en su totalidad el contenido y haciendo trasbordo de
objetos a mi sofá: un monedero, una cartera, un paquete de pañuelos, una
agenda, un bolígrafo, otro bolígrafo, una barra de labios, un gloss, un rímel,
una compresa, otra compresa, un condón (¡¡me gusta!!), unas pinzas de depilar,
una barra de cacao, un billete de 5€… ¡Ah sí! ¡El móvil! Descuelga y con un
chillido comienza una conversación con alguna pava como ella. La miro con los
ojos como platos y me muestra sus cinco largos dedos de la mano derecha,
entiendo que debo esperar un minuto por cada dedo y suspiro molesto por la
interrupción.
O follar o comer, pero esperar sin hacer nada no. Me levanto del sofá y
entro en la desordenada, sucia y asquerosa cocina, parece que allí vivan
mendigos, trolls y ratas juntos. Mis compañeros de piso son un asco, en nuestro
contrato verbal quedamos en que yo me encargaba de cocinar siempre y cuando
ellos se encargaran de fregar y adecentar la cocina. Si ellos habían incurrido
en su apartado, yo no les iba a deleitar el paladar con mis preparados. ¡Joder!
No os he dicho que me encanta cocinar y que lo hago de miedo. Saco del armario
el pan de sándwich y la Nocilla de la nevera, a Victoria le vuelve loca el
chocolate y a mí me vuelve loco ella. Preparo dos bocadillos y los sirvo junto
a un vaso de leche fría, es nuestra merienda favorita. Dejo los alimentos sobre
la mesita del salón y me siento en el sofá. Me aburro. Cojo el pintalabios,
desenrosco la barra y me la aplico sobre los labios intuyendo que pinto lo que
debería pintarme y no las comisuras de los labios como hago. Aprieto los labios
como hacen las mujeres para extender el carmín y doy un sonoro beso al aire.
Victoria vuelve al salón desde el balcón sosteniendo un cigarrillo entre
los dedos. ¡Guarra! Odio el sabor del tabaco en su perfecta lengua.
—Apaga eso inmediatamente, ¡te lo ordeno princesa! —actúo exageradamente.
—¿Por qué? —cuestiona con una sonrisa en los labios y dando una calada
retándome.
—Porque como tu médico, debo advertirte de los riesgos que corres
metiéndote esa mierda en los pulmones —adopto la frialdad y seriedad de un
doctor.
—No ere’ mi padre —dice con chulería.
—Ni quiero serlo princesa, pero me gusta jugar con tu lengua sin que sepa a
cenicero.
—¡Mi amiga Ana viene pa’cá!
Ana. ¿Ana? ¡Ana!
—¿Anita, la putita? —exclamo sabiendo que he articulado un pensamiento.
—Yo no me meto con lo’ friki’ que tiene’ tu en ezta caza —¡arsa, olé, qué
salá!
—Perdona —musito alargando cada sílaba—. Me da miedo conocerla.
—¿Por qué? —pregunta dando una nueva y honda calada a la mierda alargada
mata personas.
—Porque me la has descrito como una bruja que hechiza a los hombres. Como
soy un hombre tengo miedo a que me hechice —explico.
—¿Acazo no te’ hechizao’ yo? —noto cierto resquemor bañado de celos en su
voz.
—Claro princesa, me tienes totalmente hechizao’, pero la testosterona a
veces me domina —me defiendo.
—¡Po’ ma’ te vale controlarte, mi arma!
Veinte minutos más tarde Ana, la putita, llega a casa. Victoria la recibe
como la anfitriona de palacio. Ana es tal cual mi novia me la describió: alta,
delgada, con curvas, con tetas, muchas tetas, mogollón de tetas, ¡Dios mío qué
par de tetas!, rubia, mirada cálida grisácea… Es una bruja que con su presencia
enamora, hechiza y secuestra. Me da asco reconocer que caigo prendido de ella
en cuanto la veo, es la mujer más guapa que ha pisado este piso y siento mucho
pensar así porque hasta el momento Victoria poseía ese título. Por fortuna para
mis alteradas hormonas no la he conocido hasta el día de hoy. Espero a Ana al
lado del sofá, de hecho me he apoyado en él con un brazo sin percatarme.
—¡Annie, ezte e’ mi Ca’lo’! —me presenta Victoria—. ¡Ca’lo’, ezta e’ mi
mejó amiga, Ana!
—Encantado, Ana —la beso en las mejillas ruborizado.
—Me gusta lo que veo —suelta airosa Ana.
Entiendo que han hablado antes de mí y de que la idea inicial de Ana no se
corresponde con la actual, pero le gusta lo que ve, le gusto. Mi Adonis
interior aplaude triunfal.
Medio hora más tarde se van las dos. Las he invitado a cenar y me han
rechazado el ofrecimiento. Sé que han denegado la propuesta al ver la cocina
del infierno. ¡Maldición! Ceno una pizza congelada porque no me apetece ponerme
a cocinar. Me acuesto en cuanto la devoro, me he quedado a mitad y tengo muchas
ganas de fo… Me llaman al móvil. Número desconocido. Descuelgo.
—Victoria me ha narrado muchas hazañas tuyas y me gustaría comprobarlas de
primera mano. ¿Te viene bien que quedemos algún día?
Es Ana. ¿Ana? ¡Ana, la putita!
—Ehm… preferiría que no —digo nervioso.
—¿Has dicho esta noche? ¡Perfecto! —articula saboreando con la lengua la
palabra—. ¿Qué te parece ahora?
¡Señor Tenebroso llévame contigo!
—¿Qué quieres decir con “ahora”? —pregunto idiotizado perdido, hechizado
como un imbécil.
—Estoy en el umbral de tu apartamento con una gabardina y… adivina qué
llevo debajo —añade sonriendo perversamente.
Flipo en colores y el brazo derecho se me adormece. ¡Me va a dar un
infarto! Supongo que miente, que me está tomando el pelo, que Victoria está en
el otro teléfono riéndose de mí, ¡se están burlando de mí! Con el teléfono en
la oreja camino hasta la puerta mientras ella continúa diciendo:
—Te oigo respirar Carlinhos, sé que te estás tocando y yo también lo hago
—susurra—. Sé bueno y abre la maldita puerta.
La boca se me seca, me paso la lengua por los labios sin encontrar saliva
que los hidrate. Respiro hondamente tapando el teléfono con una mano, no
consigo respirar con normalidad. Estoy muy excitado. Desde que se marcharon he
estado pensando en ella, me he tocado pensando en ella… ¡Señor Tenebroso,
maldito seas por tentarme! Respiro entrecortadamente frente a la puerta. Con
valor y decisión abro. ¡Gracias Señor Tenebroso por gastarme esta broma! No
está, no se encuentra. Respiro aliviado y sonrío. Cierro la puerta lentamente,
pero antes de llegar al tope algo se interpone en su camino. Bajo la mirada al
suelo y veo que la punta de un zapato rojo se ha colado en el apartamento. Al
instante sé que es de ella. Me aparto de la puerta. El demonio está fuera. Va a
entrar. Me va a follar. Ana mueve la puerta con suavidad y aparece detrás del
sutil movimiento. No ha mentido, lleva una gabardina. Cierra la puerta apoyando
el culo al final del trayecto y con parsimonia se desabrocha el nudo de la
gabardina, agarra los laterales de la chaqueta y la abre dejando a la vista su
perfecto y desnudo cuerpo. ¡Esto debe ser un sueño! Pero no lo es.
Desgraciadamente no lo es.
Diez años después
No lo fue. Para
mi desgracia no fue un sueño, fue el inicio de mi relación con Ana, más
conocida como Anita, la putita. Me ha robado todo lo que tenía, me ha
contaminado, me ha pervertido, me ha asesinado. Ahora me quita el piso que
compramos y que erróneamente puse a su nombre. Han pasado diez años, nos hemos
casado, nos hemos divorciado… Aunque nada de eso importa porque me voy lejos,
me voy a Turlina a comenzar una nueva vida.
Ana recorre el piso con mirada escrutadora rastreando que todo esté en su
correcto lugar. No quiero nada de lo que allí dentro hay, sólo quiero recuperar
mi alma.
—Veo que has sido bueno y has dejado en su sitio todo lo que te pedí —me
felicita acariciándome con su dulce voz.
—Hasta el final moviendo bien los hilos de la marioneta, Ana —le echo en
cara.
Ana ríe desvergonzada y se adentra en el dormitorio. En la mesilla de noche
he vuelto a dejar la foto de nuestra boda para que al menos se le remuevan las
entrañas, aunque no creo que afecte mucho a su interior podrido.
—Para tu información —comienzo mi última estocada—, el motivo por el cuál
la cama chirría… fueron las rudas embestidas con las que recibí a Victoria en
nuestro reencuentro en las Navidades de hace tres años.
Ana frunce el ceño temerosa, cree que le estoy mintiendo para devolvérsela,
pero no, no es así.
—Quedamos para cenar con ella el 27 de diciembre de 2009, a las nueve en
punto. Tú me llamas desde “el trabajo” —remarco la mentira—, para decirme que tienes
una reunión de última hora con un cliente. Lo que no sabes es que yo sé que has
quedado con Jony. Alguien te hackeó la cuenta de correo electrónico —fue Luis,
mi excompañero de piso, aunque no se lo hago saber para que no lo denuncie— y
me pasó la contraseña. Leí tus correos. Todos.
Ana suspira orgullosa, en el fondo le encanta que le plante cara porque es
lo que ha esperado de mí en todo este tiempo, pero yo no soy así, no es mi
forma de ser.
—Y supe la verdad —continúo—. Como
tú estabas ocupada con Jony, decidí relajarme y charlar con Victoria. Lo que no
pensaba es que ella querría recuperar lo que tú le habías robado. Así que ahí
tienes la cama. Espero que cada vez que folles con Jony y despiertes a los
vecinos con su sonido, te imagines a tu amiga Victoria siendo follada por tu
exmarido.
Ana baja la vista hasta sus zapatos y la vuelve a clavar en mis pupilas.
—Adiós Anita, la putita.
Ella se muerde la lengua y se lo agradezco. Recojo la mochila y la maleta
del salón y salgo de la casa. Paso página en mi libro de aventuras y comienzo
un nuevo capítulo. ¡Ay Señor Tenebroso, qué mal te has portado conmigo!
NOTAS DE LA AUTORA
Este es mi
regalo por el 23 cumpleaños de mi gran amigo y literato Daniel Astorga.
Hace tiempo me pidió que escribiera un relato corto sobre alguno de sus
personajes, creí que quería que lo hiciera de Adrián, el protagonista de Escondido en mi Alma, pero no, quería que lo
hiciera de Carlos Sánchez, protagonista de Rosa del Desierto. Sé que he pervertido a su
adorable Carlos, pero me ha gustado la experiencia de meterme en un personaje
ajeno a los míos propios y desarrollar en cuatro páginas su carácter y parte de
sus vivencias. Gracias por la propuesta Dani, ha sido un placer llevarla a
cabo.
Y en lo que respecta a tu cumpleaños, pues qué decirte Dani… Espero que
este año sea realmente el año primero de la nueva era (tú ya sabes a qué me
refiero) y que soples el velón del centro de la tarta. Que sepas que me tienes
para acompañarte en este nuevo inicio y que jamás dudes en pedirme ayuda cuando
la necesites.
Sabes que te quiero.
Tu amiga y
compañera literaria.
María Cebrián.
